Renaissance Fair

Category: , By Bruno Rivera

El fin de semana pasado fui por segunda vez al “Renaissance Fair.” Como su nombre lo dice, es una feria de homenaje a la época del Renacimiento Inglés donde se junta el arte, la cultura y las costumbres del siglo 16.

Si hay una palabra para describir este sitio esa es “magia”. El lugar es absolutamente mágico; desde que se entra a la feria los organizadores, boleteros, anfitriones y transeúntes te saludan con el acento inglés propio de la época, vestidos con trajes renacentistas, algunos con cerveza en mano, otros con un machete o espada y uno que otro haciendo malabares para el espectáculo que montará más tarde ante el Rey de Inglaterra.
Los personajes que están regados por toda la feria son encantadoramente cómicos, lunáticos y esplendorosos. Por ejemplo, la primera persona que me saluda es una dama de un vestido largo un poco rasgado y maltrecho, una colorada voluptuosa que lleva un sombrero de plumas y un abanico en la mano. En la otra mano trae una taza gigante llena de cerveza -sospecho- porque en esta feria, la cerveza se toma como limonada y con el calor que hace hoy -unos 30 grados- no me sorprendería que esta señora se esté emborrachando a las doce del medio día mientras se pasea por la feria. Debe tener un calor infernal -pienso yo- porque con el vestido que lleva puesto y los kilitos que le sobran, la pobre debe estar sudando duro y parejo. Pero aun así ella sonríe y me muestra a su mascota, una tortuga enorme y bien amaestrada que camina a su lado con una canastita amarrada al lomo y algunos dólares que la gente le obsequia.

Mas allá hay una chica preciosa disfrazada de hada que toca una pequeña flauta y salta como si estuviese bailando con otras hadas que solo ella puede ver. Se toma un descanso y le coquetea a la gente que le toma fotos. Tiene una bolsita con polvos mágicos que le regala a los niños que se atreven a saludarla. Una niña, que la ha estado observando por varios minutos, se le acerca y le estrecha los brazos, el hada se agacha y le da un abrazo suave y tierno. Yo le tomo una foto en el preciso instante.

Sigo caminando y me encuentro con un duende que vende pepinillos, los ofrece a voz en cuello por un dólar el pepinillo. Cuando me ve con la cámara apuntándole me hace muecas y yo me cago de la risa porque el tipo en verdad que parece a un duende. Lleva un pantalón de lino, un chalequito verde con el torso desnudo y un sombrero puntiagudo del mismo color. Su cara es la de un duende de cuento de hadas y creo que hasta tiene las orejas puntiagudas.

Un grupo de gente se reúne a ver a alguien que seguramente es importante porque está llamando la atención de todos alrededor, así que dejo al duende verde de los pepinillos y me acerco a ver quién está llamando tanta atención. No podría ser otro que el Rey de Inglaterra. Sus súbditos le abren paso, le echan aire y lo agasajan como se merece. El Rey lleva una corona dorada de plástico, un medallón en el pecho y un traje soberbio. Todos quieren estrecharle la mano pero él solo le da el gusto a algunos, especialmente a los niños. Sus siervos se encargan de despejar un poco a la gente, dándole un aire de importancia aun mayor al gordito estafador que dice ser rey.

La feria está llena de estos fulleros, pero lo más gracioso es que algunos de los asistentes también se disfrazan de estos personajes míticos y se confunden entre los actores. Se emborrachan con cerveza, se sumergen en la fantasía renacentista y se la pasan re-bien.

Pero no solo son los disfraces y la arquitectura de la época lo que atrae a miles de personas a esta feria, las funciones de teatro que presentan son alucinantes: los comediantes, magos, bailarines, trapecistas y malabaristas complementan el show. Hay también brujas o pitonisas que ofrecen sus servicios en pequeñas carpas con letreros que advierten sobre sus poderes sobrenaturales. Algunas leen la mano, otras las cartas del tarot y unas pocas dicen ser astrólogas espirituales. Yo desconfío.
Luego están las tiendas con una infinidad de manualidades, artesanías, pinturas, estatuillas, libros y arte en general. Todo, por supuesto, bastante caro.
La comida no es tan cara pero si variada, desde cremoladas de frutas hasta piernas de pavo a lo Disney. Pasta en plato de cartón y vino tinto en vaso de plástico. Todo muy rústico pero acorde con la escenografía.
Hay juegos para todos, como tiro al arco con flecha (lanza, daga, hacha, etc.), animales que te pasean por la feria, carrozas para ir de un lado a otro y columpios gigantes para descansar.

Al atardecer, la atracción principal es el duelo entre guerreros medievales con armadura de acero. Estos caballeros, se baten a muerte montados es sus corceles feudales. Obviamente, todo es una actuación pero el espectáculo que hacen es increíble, se agarran en una pelea de espadas y escudos por el amor de una doncella. Es como ver una pelea de lucha libre -que se sabe que es trucada- pero en vez de lanzarse de lo alto de un cuadrilátero, se lanzan de un caballo mientras este corre a toda velocidad contra sus adversario.

Hay muchos de estos festivales en los Estados Unidos pero el “Renaissance Fair” de Minnesota es el más grande con 700 participantes entre actores, comediantes, belly dancers, magos, malabaristas, etc., 275 artesanos y 120 puestos de comida.
El año pasado no tomé ni una foto pero esta vez llevé mi cámara y he preparado un collage de fotos para que vean un poquito del encanto de este festival. Espero que les guste y si alguna vez tienen la oportunidad de ir a un “Renaissance Fair”, no lo piensen dos veces.