Mudanzas
Alguien me dijo alguna vez que la mudanza pude ser tan estresante como el divorcio. Yo nunca me he divorciado pero sí me he mudado varias veces y creo que, ciertamente, es estresante.
Mi primera mudanza fue para irme a Nuevo México a hacer una maestría. Era la primera vez que dejaba la comodidad de mi hogar San Borjino, donde prácticamente, viví toda mi vida. Empacar mis cosas fue como una ceremonia de Boy Scouts, como una celebración Bar Mitzvah; era dejar el nido de mamá para volar solo. Había que recolectar amuletos de buena suerte, deshacerse de malos recuerdos, probarse ropa de invierno y de verano, revisar los discos que llevaría conmigo, mis libros de cabecera y las fotos que harían de mi estancia una apacible jornada.
Como era mi primera mudanza, lógicamente estaba emocionado. No sabía que me esperaba, dónde dormiría, cómo sería mi departamento, quiénes mis vecinos, cuánto duraría todo eso. Debo agregar también que me iba a otro país, conocería gente nueva, hablaría otro idioma y me envolvería nuevamente en la vida universitaria.
Mi primer departamento estaba ubicado a menos de cinco cuadras de la facultad de Artes y todos los días caminaba a mis clases. Compré ollas, platos, cubiertos y abrelatas y decoré paredes con las pocas fotos y recuerdos que me llevé de Lima. Cocinaba a diario, los Sábados limpiaba la casa religiosamente, pagaba los servicios por correo y conversaba horas por el teléfono fijo que me instalaron al poco tiempo. Me sentía feliz de la vida.
Luego de dos años, al terminar la universidad y para ahorrar un poco de dinero, decidí mudarme con un amigo y su novia. La renta era menos de la mitad de lo que pagaba antes y un poco de compañía no me venía mal. Conseguí una camioneta y junto con dos amigos llevamos todas mis cosas a la nueva casa. No big deal.
Tengo buenos y malos recuerdos de la casa en la calle Blanchard. Mis compañeros de cuarto eran buenos amigos míos y se podría decir que bastante responsables y divertidos. Hicimos varias fiestas, los amigos siempre nos visitaban y la buena comida nunca faltaba. Hasta que los problemas de pareja comenzaron. La armonía de una casa de tres se convirtió en un calvario de dos. Ellos se peleaban todo el día y yo me veía involucrado inevitablemente. Había que conseguir otro lugar, recuperar mi privacidad, independizarme de nuevo.
Conseguí trabajo en un diario y me mudé a dos cuadras de la calle Blanchard.
El departamento era nuevo, espacioso pero sobre todo, propio.
En ese entonces salía con Christina y ella además de ayudarme a conseguir el departamento, tenía una camioneta que facilitó mi tercera mudanza. Esta vez nos tomó dos días de ir y venir pues ya tenía más muebles, papeles, cachivaches y demás. Ella, impetuosa como siempre, acomodaba las cosas, limpiaba los pisos, hacia una lista de lo que me faltaba, y hacia arreglos para lo que sería mi nuevo hogar.
La felicidad nos duró poco pues mi visa de estudiante se venció y bebía regresar a Lima.
Había que deshacerse de todo, o casi todo. Hice una venta de garaje donde me fue muy bien pues saqué más de 600 dólares que no estimé para mi regreso. Vendí mi televisor, el Play Station, el horno microondas, los cuadros, las mesas, sillas y todo lo que no podía llevar conmigo.
Fue un ritual de desprendimiento.
Para no hacer larga la historia, en la cuarta mudanza me fui para Minneapolis y en esa ciudad me mudé dos veces más. Primero donde un marroquí que fumaba marihuana a diario y tenía un póster de Bin Laden en el refrigerador y luego al departamento desde donde escribo éstas líneas.
Cada vez que me mudo ahora lo hago con menos emoción y más preocupación.
Primero, porque acostumbrarte al lugar donde vives toma tiempo. Dónde pones la ropa, dónde están las escaleras, las puertas, las luces, adornos y todo lo que hace que tu hogar sea tu hogar. Así que al mudarte, por decirlo de alguna forma, tienes que aprender nuevamente cómo caminar a ciegas en la noche si estrellarte contra el televisor.
Segundo porque ese sentimiento de seguridad que te da tu hogar ya no lo tienes y toma meses sentirte seguro en tu nueva casa. Al menos a mí me cuesta dormir. Ya llevo más de medio año en éste departamento y a pesar de que descanso por las noches, aún reviso (por si las moscas) que el cerrojo efectivamente este cerrado.
Por último, si te mudas de ciudad o de país, sabes que tendrás que hacer nuevos amigos, buscar trabajo, no tienes idea si podrás pagar la renta, cuanto será la renta, tendrá conexión a Internet? Los servicios estarán incluidos? Quiénes serán mis nuevos vecinos?
Como ven, son las mismas preguntas que me hice la primera vez que me mudé pero con una carga estresante a cuestas.
Sé que me mudaré una, dos, tres veces más. Sé que empacaré ropa en cajas viejas, que venderé muebles y llenaré bolsas de papeles que ya no necesito.
Sé que el invierno de Minneapolis me recordará a diario que me tengo que mudar más al sur, donde el sol sí calienta y la brisa de invierno no congela.
Sé que me veré forzado a revisar mi vida nuevamente mientras empaco todo y que los recuerdos que cada sitio dejó en mí, volverán como ferrocarriles que se estrellan en mi memoria.
Aún así, una de mis resoluciones para el próximo año es mudarme nuevamente.

very clear and poetic writing. I see how our relationship morphed into marriage, and how our location morphed from sunny to cold. Remember - the Tarot card said that your 'depth' was due to change, leaving things behind, and new challenges. I see that you are always working to become a better person and feel that you have, with God's help, chosen the challenge of a new country and a new life. I admire that a lot. I wish I could be of more help to you in these times, but I myself am struggling terribly. I remind myself that we are like a garden - the more you work in it, the more flowers you can have and with fewer weeds. Thank you for sharing your heart with me through your blog.
Besos,
me
Carlos